A tenor de lo que estoy leyendo últimamente en algún que otro blog, me he planteado la idea de escribir esta entrada. Todas las personas que escribimos un blog, tenemos que ser conscientes, de que cualquier persona que está al otro lado de la pantalla, puede sentirse influenciada, de uno u otro modo, de lo que decimos abiertamente y sin ningún tipo de control, más que el nosotras mismas nos imponemos.
Como persona que hace públicos sus pensamientos, según de qué cosas estés hablando, debes ser muy cautelosa y medir todo aquello que publicas. Me refiero a cosas realmente serias relacionadas con la salud. Bajo mi punto de vista, hay artículos desafortunados que jamás debieron haber visto la luz, pero muchas veces, peor que una idea mal expresada (o al menos eso quiero pensar), me horrorizan más los comentarios que leo bajo esta.
No es lícito que bajo la bandera de la libertad de expresión, nos empeñemos en "desnudar nuestras almas" hablando libremente de problemas graves de salud. Es muy triste leer que alguien se despide porque se va a suicidar, otra persona que da consejos para que no noten tu anorexia o simplemente alegar que la libertad de expresión te da derecho a crear páginas que alienten enfermedades que pueden causar la muerte de quien las padece.
Pero bien, yo no estoy escribiendo este artículo para hablarles a las personas que padecen una enfermedad, ya que no soy yo, sino un profesional, la persona indicada para prestarles la ayuda que necesitan. Yo hoy estoy aquí, para hablarles a aquellas personas que están a punto de cruzar de la línea e incluso a aquellas a las que en algún momento se les ha cruzado esta idea tonta por la cabeza.
Es cierto, que esta sociedad, cada vez más exigente, nos ha impuesto unos cánones de belleza, que están estrechamente relacionados con nuestra aceptación hacia la "pandilla". Pero visto desde la lejanía, esta imagen o perspectiva no es más que un espejismo. También es posible que ante una actividad determinada, profesión o percance personal, se nos presente la excusa perfecta para saltarnos los límites y caer en una enfermedad. Pero es aquí como el saber quien eres puede liberarte de toda esta presión y distinguir lo que está bien de lo que no.
Mi experiencia se remonta a muchísimos años atrás, a cuando tenía 12 ó 13 años. Edad delicada para una niña que comienza a hacerse mujer, y que aún no tiene su personalidad formada. Más que nada en el mundo, a mi lo que me encantaba hacer era gimnasia rítmica, de ahí que le dedicase 4 horas diarias a entrenar. No es que fuera una gran promesa, pero no se me daba mal.
A veces, los mismos adultos, no nos damos cuenta de lo que nuestras propias palabras pueden generar; y es por eso que no utilizamos de manera responsable lo que podemos ocasionar. Por eso, cuando se trabajan con niños o adolescentes hay que tener una balanza fijada en los pros y contras que nuestras palabras pueden desencadenar.
Un buen día, la que era mi entrenadora quiso hacerme la recomendación de que bajara de peso, sin embargo, y hoy por hoy me doy cuenta, no supo hacer las cosas de la forma más idónea. La gimnasia rítmica es un deporte que requiere un bajo peso, pero no solo por cuestiones estéticas, sino también por cuestiones técnicas. Aunque ella estaba en lo cierto de que para competir a mayor nivel debía perder peso, pese a que yo no estaba gorda para "la vida real", su error radicó en no hablar con un adulto responsable. Ella tenía la responsabilidad de hablar con mi madre y recomendarle que me llevara a un médico, para ver si en términos de salud, sería recomendable para mi, perder esos kilos que me andaban sobrando. Pero las cosas no sucedieron de ese modo y afortunadamente la cosa jamás se me fue de las manos.
Comencé una dieta por mi cuenta (con la supervisión de mi madre, pero no con la de un médico). Los resultados no se hicieron esperar: cansancio, cambios de humor y al poco tiempo hipoglucemias. Llegado a este punto, se acabó. Dieta sana sí, pero dietas de adelgazamiento solo con el médico. Lo entendí enseguida, pero los años venideros fueron años difíciles, llenos de tentaciones: Atracones seguidos de culpabilidad. Sí, esa misma culpabilidad que te lleva a arrodillarte ante el retrete y a meterte los dedos para vomitar todo lo que, como una cerda, te has comido. Culpabilidad que te está matando y que te hace sentirte la persona más asquerosa del mundo. Pero este es el momento. Esta es la ocasión exacta de saber quien eres. Justo en ese instante dentro de ti tiene que sonar esa vocecita que te diga "¿Pero qué estás haciendo?".
Si has estado en esta situación y no la has escuchado nisiquiera después de haber vomitado y has continuado con el sistema, realmente tienes un problema. Si tan solo lo has hecho una vez, y te sientes más que tentada de volver a hacerlo, tienes un problema si vuelves a caer en ello. Busca ayuda, que no te de vergüenza; aún estás a tiempo y no pasa nada, no lo dejes crecer más.
Alguna me estará leyendo y estará pensado "Yo hago con mi vida lo que me da la gana". ERROR: No estás haciendo con tu vida lo que te da la gana, porque en el camino, ten por seguro que también arrastrarás a otras personas contigo. No he visto a ninguna persona con este tipo de problemas que no tenga una madre destrozada o que no se haya quedado aislada hasta el punto de quedarse casi sin amigos.
Piénsalo bien, tú sabes quien eres y si en algún lugar del camino se te olvida, siempre puedes buscar a alguien que te lo recuerde. Pedir ayuda no es malo, no te hace más débil; más bien todo lo contrario si luchas por saber quien eres tienes la batalla ganada.